Retrato del Alma


Concha Moreno Baena, ….
de pequeña, soñaba con ser médico.
Entender cómo funcionaba el dolor para poder quitarlo.
De su infancia recuerda los días de colegio, el internado en el que pasó gran parte de su niñez, los juegos con sus hermanos y,
sobre todo, las ganas de soñar, de sumergirse en un buen libro de aventuras y dejar su mente volar.
Y con estas ganas de volar, de entender y de aprender, Concha se convirtió en la mujer que es hoy. Fuerte, decidida y presente.
Presente en el camino de tantas personas que se acercan a ella para que las acompañe.
Porque esto es a lo que se dedica hoy en día, a compartir sus aprendizajes y acompañar recorridos.
Privilegiada de hacer lo que hace, se siente invitada y participe de un espacio sagrado entre ella y sus clientes.
Terapeuta y maestra de Eneagrama, Concha cuenta con una larga y variada formación académica.
Pero esto no es lo que más nos importa en estas biografías.
En estos retratos del alma.
Porque las carreras, los másters y los trabajos, bien se pueden consultar en un Curriculum.
Sin embargo, lo que nos interesa es conocer el alma de nuestros invitados.
Como en el caso de Concha.
Que se emociona al ver el esfuerzo que realizan las personas para que les quieran.
Para que les miren. Y les vean.
Y es que esa es su gran pasión, las personas.
Las personas y sus vivencias.
Mirar más allá de las apariencias.
De lo que nos muestran los ojos.
Agradecida a la vida por todo.
Por lo bueno y por lo menos bueno.
A veces, como al resto de los mortales, también a ella le cuesta darle sentido a algunos acontecimientos.
A esos retos que la vida nos pone en el camino.
Como, por ejemplo, la pérdida de su hija.
Momentos duros.
Pero, también, momentos de aprendizaje.
De evolución.
Y de aceptación con la vida.

Y es que ella se queda con eso que decía el gran Carl Jung, que quién mira hacia afuera sueña, y quién mira hacia adentro, despierta.

Concha Moreno

Concha Moreno

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Concha Moreno.
Una mujer tan dulce por fuera, como fuerte por dentro.
De esas a las que les gusta decir las cosas bonitas a la cara, de frente.
Mientras estemos vivos.
Porque una vez que ya no estemos aquí, ¿de qué sirve?